Era el año 1960 cuando el Estado sacaba a subasta la construcción del Pantano del Porma, en uno de los valles más ricos y bellos de la montaña de León, en las estribaciones de la cornisa cantábrica, para que, en los últimos días del otoño de 1968, una lapida de agua sepultara para siempre ocho pueblos con sus valles, sus ríos, sus calles y sus caminos, además de aquellos lugares Sagrados donde descansaban los muertos.
Los pueblos desaparecidos fueron: Armada, Campillo, Camposolillo, Ferreras, Lodares, Quintanilla, Utrero y Vegamían, viéndose afectados parcialmente: Orones, Rucayo y Valdehuesa. Todos ellos, excepción hecha de Camposolillo, formaban el Ayuntamiento de Vegamián, y entre todos agrupaban una población por encima de los 1.000 habitantes, que con el pago de míseras expropiaciones, fueron obligados a emigrar a diferentes lugares del territorio nacional, quedando todo ello justificado por el “presumible” desarrollo de los regadíos del sur de la provincia y las tierras de Benavente.
Ya han pasado muchos años, pero todo sigue estando vivo en la memoria de aquellas gentes, de manera que sus pueblos solo morirán cuando ellos dejen de existir.

 Pantano del Porma, (León-España)  verano 2005
Benito González Huerta